sábado, 6 de julio de 2013

Controlar tus emociones.

Según Wilkipedia.

La ira o rabia es una emoción que se expresa con el resentimiento, furia o irritabilidad. Los efectos físicos de la ira incluyen aumento del ritmo cardíaco, presión sanguínea y niveles de adrenalina y noradrenalina. Algunos ven la ira como parte de la respuesta cerebral de atacar o huir de una amenaza o daño percibidos. La ira se vuelve el sentimiento predominante en el comportamiento, cognitivamente, y fisiológicamente cuando una persona hace la decisión consciente de tomar acción para detener inmediatamente el comportamiento amenazante de otra fuerza externa. La ira puede tener muchas consecuencias físicas y mentales.



Como controlar la ira

La ira descontrolada puede hacernos sentir muy mal. Si nuestros enfados, rabia o frustración están afectando negativamente a nuestras relaciones con familiares, amigos, compañeros de trabajo o incluso desconocidos, es hora de aprender algunas habilidades para el manejo de la ira

Tomarse un "tiempo": aunque pueda parecer un cliché, contar hasta diez antes de reaccionar realmente puede calmar nuestro temperamento, sobre todo si es una persona compulsiva que suele hablar (o gritar) antes de pensar.

Poner un poco de distancia de por medio: es aconsejable tomarse un descanso de la persona con la que estamos enfadados hasta que nuestras frustraciones se disipen un poco. Esto también nos permite planificar mejor cómo abarcar el asunto que nos preocupa o que nos ha causado un disgusto. 

Expresar de forma clara el motivo de nuestro enfado: es saludable expresar la frustración sin confrontación. No por gritar mas fuerte vayamos a convencer a nadie que tengamos razón. 

Una argumentación inteligente y honesta suele ser mucho mas eficaz que un enfado monumental. Se convence mucho mas si se identifican problemas y se plantean soluciones. Y si logramos convencer además al "culpable", pues hay mucha mas probabilidad de que el problema no vuelva a surgir.

Hacer algo de ejercicio: la actividad física puede ofrecer una salida a las emociones, especialmente si estamos a punto de estallar. Salir a caminar o a correr, nadar, levantar pesas o simplemente subir y bajar las escaleras varias veces permitirá sacar la adrenalina de la ira sin confrontaciones. 

Pensar bien las cosas antes de decir nada: de lo contrario, es muy probable que digamos algo de lo que nos arrepentiremos después. Puede ser muy útil escribir lo que queremos decir para ceñirnos al tema o problema actual. Cuando estamos muy enfadados, es fácil dispersarse. Y si nos pasamos es muy importante saber pedir perdón

Identificar soluciones para la situación: en lugar de centrarnos en lo que nos hizo estallar, trabajar conjuntamente con la persona que nos enfureció para resolver el asunto en cuestión. Esto quiere decir que también debe estar dispuesto a escuchar la versión de la otra persona. No se puede llegar a acuerdos o soluciones sin antes comprender (no compartir) el argumento del otro. 

Hablar en primera persona al describir el problema: esto nos ayudará a evitar criticar o culpar a la otra persona, algo que podría hacer que se enfadara más o sintiera resentimiento, aumentando la tensión. Hay que evitar que la otra persona se sienta acusada o criticada para que no se ponga automáticamente a la defensiva. Podemos decir, por ejemplo: "Me siento mal porque he tenido que hacer todas las tareas domésticas esta semana" en vez de "Deberías haberme ayudado" o "Eres un vago y no ayudas nada".

No guardar rencor: si podemos perdonar a la otra persona, ambos nos sentiremos mejor. No es realista esperar que todo el mundo se comporte exactamente como queremos. El rencor es un sentimiento muy negativo. Una vez resuelta una discusión es importante olvidar lo sucedido y no dejar que el resentimiento o rencor siga dentro, listo para salir en una discusión posterior. Intenta pensar en positivo.

Utilizar el humor para liberar tensiones: reírse puede ayudar a disipar la tensión. No obstante, no utilizar el sarcasmo; solo logrará herir los sentimientos de la otra persona y empeorar las cosas. Si una risa le parece imposible, intentar al menos una sonrisa. 

Practicar técnicas de relajación: aprender habilidades de relajación y desestrés también puede ayudarnos a controlar nuestro genio cuando aparezca. Practicar ejercicios de respiración profunda, visualizar una escena relajante o repetir una palabra o frase para calmarnos, como "Tranquilo". Otras formas demostradas para aliviar la ira son escuchar música relajante, hacer meditación, cocinar, escribir un diario y hacer yoga.


IRA: ¿QUÉ PROVOCA EN EL CUERPO Y A QUÉ PUEDE LLEVAR?

http://id.tudiscovery.com/ira-que-provoca-en-el-cuerpo-y-a-que-nos-puede-llevar/ 


Efectos físicos y mentales


“La ira estimula al sistema nervioso incrementando el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el flujo sanguíneo a los músculos, los niveles de azúcar en la sangre y la transpiración. Además, enfoca los sentidos y aumenta la producción de adrenalina, una hormona producida en momentos de estrés”, explica la asociación.
Al mismo tiempo de estos cambios físicos, se estima que la ira afecta la forma en que pensamos: “Enfrentados con una amenaza, la ira nos ayuda a traducir información compleja en términos simples: ‘bien’ o ‘mal’, por ejemplo. Esto puede ser útil en una emergencia, para no perder tiempo valioso con información que no afecta instantáneamente nuestra seguridad. Pero puede significar que actuamos antes de haber considerado qué es relevante para tomar una decisión racional sobre cómo comportarnos. (…) Cuando la ira se mete en el camino del pensamiento racional, es posible que demos lugar a la urgencia de actuar agresivamente, impulsados por el instinto a sobrevivir o proteger a alguien de una amenaza”.

Ira vs. violencia

En la sociedad moderna estas emociones y reacciones son contenidas en pos de normas comunes de subsistencia: las personas aprendemos a expresar la sensación de ira explicando a otra persona por qué nos molesta una actitud, a suprimir impulsos de enojo callando pensamientos o enfocándonos en algo positivo, y a calmarnos reduciendo las respuestas internas (el famoso “contar hasta diez” o respirar profundo), de acuerdo a la Asociación Psicológica Americana.

Pero en algunas personas, ninguna de estas técnicas alcanza. Esto puede deberse a causas genéticas (personas que nacen con une tendencia a la irritabilidad), psicológicas y socioculturales (las familias caóticas y faltas de comunicación pueden generar individuos con dificultad de controlar su ira).
En este sentido, lo que convierte a la ira en acciones violentas es justamente la falta de control. “El auto control es clave para una vida funcional, porque nuestro cerebro nos hace fácilmente susceptibles a todo tipo de influencias. Mirar una película que muestra actos violentos nos predispone a actuar violentamente. Incluso escuchar retórica violenta nos hace más proclives a la violencia”, describe un artículo en Scientific American. 

Una pérdida de control típica es la del bebedor que, con sus sentidos alterados y gracias a algún estímulo malinterpretado, empieza a golpear a otras personas.
Pero hay otro tipo de pérdida de control mucho más peligrosa: en los individuos capaces de realizar crímenes horribles (como la masacre de Columbine, por ejemplo), los controles cognitivos no están ausentes, sino trastornados. Es decir: no están fuera de control, sino que usan su auto control en pos de un objetivo perturbador. Y en este tipo de casos hay numerosos factores en juego, especialmente problemas de salud mental que llevan al aislamiento social.

La ira es una emoción natural y sana, siempre y cuando se la mantenga bajo control. Una curiosidad: esto es importante especialmente en verano, cuando los niveles de ira y crímenes aumentan con la suba de temperaturas.
Para conocer más sobre los efectos de la ira no te pierdas el episodio de PECADOS MORTALES titulado RECKLESS ABANDON, por Investigation Discovery. Y para conocer más sobre el lado oscuro de otros puntos y protagonistas del crimen, mira Estados Unidos Ilícito, por Discovery.

 

 
La ira.
Todos hemos experimentado la ira alguna vez. ¡Incluso algunos disfrutamos con ella! La ira es un obstáculo al crecimiento espiritual y puede adoptar muchas formas: gritos, violencia, respuestas cortantes y tonos hirientes, fumar comprar, comer en exceso, dejar de comer, beber, drogarse, entre otras muchas cosas.
¿De dónde procede toda nuestra ira? Si examinamos esta poderosa emoción, hallaremos que gran parte de nuestra ira realmente procede del miedo a no poder controlar el resultado de una determinada situación o las acciones de los demás. Surge de nuestra no aceptación de una situación dada o de la manera en que una persona está actuando, que es diferente de la manera en que nosotros actuaríamos. No entendemos por qué los demás no hacen las cosas a nuestra manera. A veces, la ira proporciona a la persona enojada una sensación que la hace sentirse viva. El corazón se acelera y la respiración se hace más rápida. La ira parece crear energía. Yo solía disfrutar de mi ira porque me hacía sentir como si mis nervios estuviesen calientes y listos para entrar en acción. ¡Había excitación en el aire! Pero me di cuenta de que, además de la ira, existían formas más productivas de sentirse vivo, y que las consecuencias de querer sentir más ira, en lugar de menos, me perjudicaban, mental o físicamente.
Muy frecuentemente culpamos a los demás y a las circunstancias de nuestra ira. ¿Cuántas veces ha dicho usted: "¡Me sacas de quicio!"? En realidad, no es la otra persona quien le ha sacado de quicio, sino usted mismo. Posiblemente porque sintió que la manera en que aquella persona estaba actuando no era la manera en que usted habría actuado. Para usted, esa persona estaba equivocada. Este pensamiento confunde mucho porque es sumamente sutil y por lo general pasa inadvertido y nuestra mente consciente no lo detecta. Un ejemplo típico de cómo nuestra ira se puede basar en el deseo de control puede verse en una frase como ésta, no tan infrecuente: "No puedo creer que ella hiciese eso. Me pone a cien. Yo en su lugar hubiera...".
Nos hemos convertido en personas que, en vez de aceptar a los demás, tenemos miedo de quienes son diferentes de nosotros. Es un círculo vicioso que hemos creado y del que debemos aprender a salir. Si alguien actúa o parece diferente, lo clasificamos y encasillamos y decimos que está equivocado, tal vez porque se viste o comporta de una determinada manera. Pero en realidad no estamos enojados con esa persona porque es diferente, sino que más bien sentimos envidia porque es lo suficientemente libre para ser ella misma. No tiene miedo a vestir de un modo diferente, a manejar una situación de una manera diferente, a ser exactamente quien es, inmune a nuestro control.
Somos una especie predecible, pero al mismo tiempo también somos distintos. Cada uno de nosotros tiene sus propias características y personalidad individual. Pero de algún modo todavía esperamos que nuestros hijos sean "iguales que nosotros" y, cuando no lo son y desarrollan sus propias opiniones acerca de las cosas, nos enfadamos y decimos cosas tales como: "No pareces hijo mío. No sé de dónde sacas esas ideas. No eres como tu madre ni como yo". ¿Por qué nos enfadamos de esa manera?
Nuestro hijo ¿cometió un delito o simplemente expresó puntos de vista que son diferentes de los nuestros? Intentamos enseñar a nuestros hijos a sostenerse sobre sus pies, pero a la vez les enviamos mensajes verbales contradictorios. Lo que realmente les decimos es: "Puedes ser independiente y tener tus propias opiniones, pero con tal de que esas opiniones coincidan con las nuestras". Tenemos que aceptar a los demás como son y permitirles que sean lo que sienten necesidad de ser.
La ira puede proceder del miedo, la inseguridad, los celos y la envidia. Nos enojamos con los demás porque en alguna parte, en lo más hondo de nuestra psique, inconscientemente, les vemos hacer algo que nosotros siempre hubiésemos querido hacer y que, por una razón u otra, jamás hicimos. Entonces, en vez de celebrar sus éxitos, los humillamos, porque no podemos aceptar la ira que experimentamos en nuestro interior por no haber tenido el valor suficiente para llevar a cabo nuestros propios sueños y deseos. En resumen: hemos vendido la libertad de ser nosotros mismos y nos hemos amoldado a una sociedad que nos dice "esto se hace y esto no se hace". Al enfrentarnos con nuestra ira y su verdadero origen, podemos enfrentarnos con nuestros propios defectos.
Responsabilizarnos de nuestra ira y nuestros actos, y ser honestos con relación a nuestras emociones, constituye una de las claves para hallar la felicidad en nuestro interior, y la mejor cosa que jamás podremos hacer por nosotros mismos. Considérelo como una inversión a largo plazo. Responsabilícese de sus sentimientos y su ira en vez de echar la culpa a los demás.
Para garantizar la felicidad y la paz interiores, tenemos que conocer de dónde surge nuestra ira y examinar honestamente esa fuente. Lo que descubrimos sobre nosotros mismos no tiene que confesarse en medio de la sala de estar o en la cafetería del trabajo o proclamarse desde una tribuna. Puede admitirse en silencio, interiormente, en un momento de reflexión, y no hay necesidad alguna de hablar de ello.
Nadie más que nosotros mismos es responsable de nuestra vida y nuestros actos. Algunas veces el hecho o la palabra que despiertan la ira no son su verdadera causa. Quizás es otra cosa que se halla por debajo de las emociones, enterrada, hasta que algo dicho con toda la inocencia hace que la ira salga a la superficie. Cuando esto sucede, lo mejor que se puede hacer es abordar directamente esa ira. ¡Se quedará muy sorprendido al saber de dónde procede, e incluso del tiempo que ha estado oculta en su interior!
Bien, ahora ya tiene una idea de por qué se enoja. Pero ¿qué puede hacer para detener lo que usualmente acaba siendo un choque de trenes mental? La respuesta: aceptación y comprensión. ¿Por qué está tan enojado y molesto por tener que hacer una larga cola en el banco en una mañana de sábado? Porque tiene tantas cosas que hacer... Pero ¿tiene que hacerlo todo precisamente esa mañana? No, pero quiere hacerlas, de ese modo la próxima semana dispondrá de más tiempo libre. Y mientras está de pie y haciendo cola, mirando con impaciencia al empleado, que parece que tarda demasiado en realizar cada transacción, su irritación va en aumento. Ahora trate de contemplar la escena desde un punto de vista un poco diferente: el empleado ciertamente tarda más de lo que usted desearía, pero está haciendo bien su trabajo. Está asegurándose de que las operaciones se realizan sin errores y que entrega la cantidad correcta de dinero a cada cliente. Cuando le llegue su turno, ¿no le gustaría recibir la misma atención?
Aunque no nos demos cuenta de ello, somos los causantes de gran parte de nuestra ira. Necesitamos dar un paso hacia atrás para percatarnos de dónde procede toda esa ira. Hay mucho que aprender sobre esta emoción intensa. Una gran manera de enfrentarse con ella es interrogarnos constantemente y tratar de descubrir en nuestro interior por qué nos sentimos tan irritados con una determinada persona o situación. Después de cada respuesta debemos añadir otro "¿por qué?", hasta que finalmente lleguemos a la raíz de nuestra emoción. Una vez hayamos contestado todos nuestros "por qué", ¿cuál es el siguiente paso?
Pues o bien podemos ignorar lo que hemos aprendido y continuar enojándonos, y posiblemente acabar con una úlcera de estómago (y no muchos amigos), o podemos renunciar a nuestros deseos de control, no importa lo inconscientes que sean, admitiendo que no nos es posible controlar determinadas cosas. No hay nada que podamos hacer acerca de cómo piensan y actúan los demás. Y tanto si lo aceptamos como si no, habremos de tratar con ciertas personas y situaciones que serán capaces de alterarnos y que harán que nos enojemos. Así pues, ¿por qué no soltamos el lastre de la ira?
Si no lo soltamos, nuestra ira se incrementará, se volverá hacia el interior y con el tiempo puede que se manifieste en forma de una enfermedad física. Otro punto importante es recordar que no pasa nada si no se entiende una relación o una situación determinada, pero que es imperativo entender que no podemos hacer nada para modificarla. Ya lo llamaremos karma, destino o proceso de vivir y aprender, cada uno de nosotros debe intentar decirse a sí mismo: "No entiendo esta relación, no hay nada que pueda hacer para modificarla, así que la dejo correr y lo acepto como es".
Si descubrimos que nuestra ira tiene su origen en la inseguridad o los celos (que son inseguridad, pero bajo otro disfraz), debemos trabajar para cambiar esta actitud. Incluso la admisión -en silencio y a nosotros mismos- de cómo reaccionamos a determinadas circunstancias es el comienzo del cambio.
Cuando antes hablaba acerca de la ira que se va cociendo a fuego lento, hasta que de repente algún comentario hace que se vierta, me estaba refiriendo a la ira equivocada. Suponga que un amigo o un compañero de trabajo hace un comentario y usted pierde los estribos. ¿De qué está realmente enojado? Puede que no sea de lo que esta persona ha dicho, sino del tono en que lo ha dicho. Tal vez activó algo en su interior que le recordó a su padre o a su ex marido o incluso a un profesor que le hablaba y humillaba con un determinado tono de voz. Por consiguiente, su ira surge realmente de una situación no resuelta del pasado, más que de un problema del presente.
¿Cómo se resuelve la ira equivocada? Enfréntese con la fuente que origina su ira. Puede que la persona con la que está realmente enojado no responda de manera receptiva, pero por lo menos habrá sido capaz de hablar con ella acerca del problema. Sáquelo de su sistema. Si todavía conserva ira por una situación pasada, y no hay manera de enfrentarse con la persona que estuvo implicada en aquella situación, escriba una carta, vertiendo en ella todos sus sentimientos lo más honestamente posible y, en vez de enviarla, quémela, liberándose de todas las emociones que le han tenido atado durante tanto tiempo. Al mismo tiempo que quema la carta, pida perdón a esa persona, para esa persona y para usted mismo, y pida la curación a los espíritus que guían. Éste es un poderoso ritual, y ayuda a situar su ira contra los demás y contra las situaciones no resueltas en el auténtico lugar que le corresponde. También contribuye a dejar atrás el pasado. Al dejar atrás el pasado, uno está libre para ocuparse del presente precioso.

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